Metamorfosis
Se acaba el día. Veo un poco de tele basura hasta que decido que ya no me da más. Tengo el portátil encendido, reviso si tengo correos nuevos y si hay alguien interesante para contarle mis penas del día. Suerte, lo hay. Hablamos, me desahogo rápidamente y encuentro lo que busco, que me den un poco de ánimos. Aunque no han sido suficientes. Me meto en la cama apagada, triste y decepcionada. Pongo la radio, pero a estas horas sólo hay programas de deportes, música que ya me cansa y una emisora que debe ser cristiana porque no dejan de rezar el Ave María, una y otra vez, querrán que se quede bien grabado en el subconsciente de los insensatos que se quedan dormidos escuchando la radio. Decido rendirme al encanto de Albert Camus, pero no duro demasiado porque estoy algo cansada, aunque mi mente no me deja descansar dándole vueltas a todo. Me odio. ¡Desconecta!
Caigo en un sueño profundo. Morfeo hoy me invita a ser protagonista de una historia irreal pero con personajes reales y escenarios coherentes. Me despierto sin ganas. Es temprano y debería ponerme a estudiar. Me inunda la sensación de que todo es lo mismo. Necesito un cambio. Mi mente repasa mi pasado, sobre todos mis errores. Me deprimo más. Me doy cuenta que siempre cometo los mismos. Dejo pasar los momentos. Empiezo a echar de menos, a querer rectificar, pero es imposible.
Me levanto. Desayuno en compañía y vuelvo a mi habitación. No me interesa lo que estudio y me entretengo con todo. Es una lucha constante entre mi responsabilidad y mi pasotismo. Me agoto y me aburro. Conseguir dos horas de concentración me ha costado, pero finalmente desconecto de todo y mis ojos se cierran.
Veo imágenes de lo que me gustaría haber sido. De lo que nunca consigo ser. Busco el problema. Yo. Tengo miedo de que se repita más veces a lo largo de mi vida. No puedo consentirlo, pero en el momento no se evitarlo. Se suceden en mi cabeza las voces de quienes me decían lo que me cuesta escuchar. Tienen razón. No tengo justificación. Me siento una persona débil en un disfraz de dura. Noto que estoy perdiendo el tiempo continuamente. Busco soluciones que luego no sirven. Me agobio.
De repente abro los ojos. Grito en mi interior, ¡se acabó! Necesito un cambio, lo se. Pero más necesito mantener la voluntad de llevarlo a cabo. Tengo que partir desde cero. Voy a renovar mis costumbres, mi día a día. No puedo dejarme vencer por las adversidades. Por nadie. Tengo que sonreír un poco más, reencontrar la intención. Me centro en mis objetivos. Me trazo una estrategia. Este escenario hostil no puede acabar con mis buenas intenciones. Y no va a hacerlo.
Una ducha que me despeja. Abro la ventana, dejo que el aire fresco entre y me espabile. Energías renovadas. Y pequeñas misiones que cumplir. Por algo se empieza. Necesito rodaje. Movimiento. Actividad.
Mi expresión ha cambiado. Mi mirada es canalla y segura. Sé que no será fácil, pero no quiero rendirme. Si me hundo, volveré a renacer cual Ave Fénix, de mis propias cenizas. No quiero compasión. Lástima o preocupación de nadie. Estoy decidida a salir del hoyo, como lo hice otras veces.
De fondo escucho la pieza de canción: “Ni siquiera sé si sientes tú lo mismo”. Pienso en él, sonrío. Y noto que he sido capaz de cambiar el rumbo de mi día. Hasta el cielo se ha despejado. El mismo árbol de siempre que se insinúa tras mi ventana se agita con fuerza, pero se mantiene. Justo como yo.
Ahora sí soy capaz de hablar con sentido.





